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¿SALVACIÓN? NO, GRACIAS


Ricardo Di Bernardi *

 


El hombre primitivo, íntimamente ligado a la naturaleza que lo rodeaba, expresaba de forma espontánea y verdadera su espiritualidad. A través de su instinto sentía la existencia de lo trascendental, sentimiento ese que pulsaba, de forma nítida, en la esencia energética de aquellos seres simples e ignorantes, vacíos de conocimiento, sin embargo llenos de autenticidad.
A medida que la civilización humana empezó a subir nuevos escalones de la escala del progreso, dejando cada vez más de ser instintiva, pasó a reprimir hacia los poros del inconsciente las percepciones innatas y verdaderas.
Dejando hacia atrás la infancia histórica, la humanidad pasó a una fase de la contestación sistemática de la misma forma que el adolescente que recusa a priori los conceptos establecidos. En la búsqueda de respuestas para las innumeras indagaciones que acometen la mente humana, pasa a dudar incluso de sus instintos.
La creencia en lo extrafísico, antes basada en la propia naturalidad de los sentimientos innatos, pasa a ser substituida por la duda y, sobretodo, a exigir participación de lo racional. Con todo, el hombre moderno, esté ligado a la ciencia o a la filosofía, procura cruzar la frontera de lo racional y se integra a los valores percibidos por su propio psiquismo, de forma subjetiva.
El paradigma mecanicista de Newton va dando lugar a la concepción de un universo energético abierto a otras dimensiones. No más la actitud infantil del hombre primitivo que, apenas por vía inconsciente, aceptaba la existencia espiritual, ni tampoco la postura adolescente, del rechazo preconcebido de cualquier referencia a la espiritualidad. Estamos en el amanecer no sólo de un nuevo siglo, sino de un nuevo milenio.
Las perspectivas futuras apuntan hacia una ciencia y una religión sin estancación, dogmas, preconceptos e omnipotentes. El universo pasa a ser observado y sentido, ya no como una materia tridimensional.
La multidimensionalidad de la materia, ya admitida por la física moderna, abre las puertas para la percepción de la existencia del mundo espiritual. La humanidad ya no se satisface con los preceptos rígidos de las religiones dominantes.
El hombre es un ser que indaga y quiere saber, por fin, quien es, de donde viene y hacia donde va. La disociación existente entre ciencia y religión, verdadero abismo creado por los hombres, llevó a los individuos a tener una visión fragmentaria de la vida.
Los consejos religiosos, tan útiles en épocas remotas, hoy están desfasados en relación a la evolución contemporánea. Las orientaciones de los ministros religiosos fueron substituidas por los médicos, psicólogos, pedagogos, etc.,…
Lo que frecuentemente observamos es la deficiencia de respuestas a las ansiedades íntimas del individuo o de la propia sociedad. ¿Qué les falta? ¿Por qué profesionales extremamente capacitados, serios y estudiosos se sienten limitados para comprender el sufrimiento humano?
¿Por qué personas justas a veces sufren tanto, y concomitantemente, otras, egoístas, que se complacen en el sufrimiento del prójimo, prosperan tanto? ¡Hay quien vive semanas, meses o pocos años, mientras otros viven casi un siglo! ¿Por qué? ¿Por qué para unos la felicidad constante y para otros la miseria y el sufrimiento inevitable?
¿Por qué algunos serían premiados por la casualidad con las más terribles malformaciones congénitas? ¿Por qué ciertas tendencias innatas son tan contrastantes con el medio donde surgen? ¿De donde vienen?
No hay como responder a esas preguntas, conciliando la creencia en una Ley universal justa y sabia, si consideramos una vida para cada criatura. El ateísmo y el materialismo son consecuencias inevitables del rechazo a las creencias tradicionales, surgiendo, naturalmente, por la recusa inteligente a una fe ciega en un ser que preside los hechos de la vida para cada criatura. El ateísmo y el materialismo son consecuencias inevitables del rechazo a las creencias tradicionales, surgiendo, naturalmente, por el rechazo inteligente a una fe ciega en un ser que preside los hechos de la vida sin ningún criterio de sabiduría, amor y justicia.
La cosmovisión espírita, basada en el conocimiento de las leyes sucesivas, donde residen las causas más profundas de nuestros problemas actuales, nos trae respuestas coherentes. El concepto de reencarnación propicia una amplia lente a través de la cual podremos ver la problemática de las vidas.
Las aparentes desigualdades, vividas momentáneamente por las criaturas, tienen justificación en los diferentes grados de evolución en que se encuentran en el momento. Además de eso, se sabe, por las leyes de la reencarnación, que cabe a todas las criaturas un único destino: la felicidad.
La inexorable evolución es hecha por las constantes experiencias y el aprendizaje resultante. Los actos de la criatura ocasionan una secuencia de causas y efectos que determinan las necesidades de la reencarnación a si mismos, en tal medio o situación; nunca existe punición; existe, si, consecuencia lógica. Existe la cosecha obligatoria, resultante de la libre siembra, y siempre nuevas oportunidades de sembrar.
Cada ser lleva hacia la vida espiritual la sementera del pasado, trayéndola inconscientemente consigo al renacer. Si una existencia no fuera suficiente para corregir determinados desvíos, diversas serán necesarias para resolver una determinada tendencia en la larga caminata de la vida.
Nuestros actos del día a día, a su vez, son también nuevos elementos que se juntan a nuestro patrimonio energético, pues los archivos que creamos son siempre en el nivel de campos de energía, influenciando intensamente, atenuando o agravando las desarmonías energéticas establecidas por las vivencias anteriores.
La tela de nuestro destino, por lo tanto, no es determinada exclusivamente por nuestro pasado. El libre albedrío que poseemos teje también los hilos de esa tela a cada momento, en un dinamismo siempre renovado.
La diversidad infinita de las aptitudes, al nivel de las dificultades y de los caracteres, tiene fácil comprensión.
No todos los espíritus que reencarnan tienen la misma edad; millares de años o siglos pueden haber en la diferencia de edad entre dos hombres. Aparte de ello, algunos suben velozmente los escalones de la escalera del progreso, mientras otros suben lenta y perezosamente.
A todos será dada la oportunidad del progreso por los retornos sucesivos. Necesitamos pasar por las más diversas experiencias, aprendiendo a obedecer para saber mandar, sentir las dificultades en la pobreza para saber usar la riqueza.
Repetir muchas veces para absorber nuevos valores y conocimientos. Desarrollar la paciencia, la disciplina y el desapego a los valores materiales. Son necesarias existencias de estudio, de sacrificios, para crecer en ética y conocimiento.
Regresamos al mismo medio, frecuentemente al mismo núcleo familiar, para reparar nuestros errores con el ejercicio del amor. Dios, por tanto, no pune ni premia; es la propia ley de la armonía que preside el orden de las cosas. Actuar de acuerdo con la naturaleza, en el sentido de la armonía, es preparar nuestra elevación, nuestra felicidad.
No usamos el termino “salvación”, pues históricamente está vinculado a la salvación de la iglesia, una solución que viene de fuera. En realidad aceptamos la evolución, la sabiduría y la felicidad para todas las criaturas.
“Ninguna de las ovejas se perderá”, dijo Jesús. Haciéndonos conocer los efectos de la ley de la responsabilidad, demostrando que nuestros actos recaen sobre nosotros mismos, estaremos permitiendo el desarrollo del orden, de la justicia y de la solidaridad social tan deseada por todos.

 

 

* Médico especialista en Pediatría y Homeopatía, Presidente de lo ICEF – Instituto de Cultura Espírita de la ciudad de Florianópolis. Fundador de la AME SC - Asociación Médico Espirita del Estado de Santa Catarina y autor de 5 libros dos de ellos publicados en idioma español por la Editora Espirita Allan Kardec, Málaga, España: “Gestación: Sublime Intercambio” y “Reencarnación y Evolución de las especies”.

 

 

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